Fundación Fisac | En un lugar de La Mancha (1913-1932)
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En un lugar de La Mancha (1913-1932)

Miguel Fisac Serna nació en Daimiel (Ciudad Real) en 1913, en un apacible y alejado rincón de aquella Europa aventada por las vanguardias en la que Igor Stravinsky estrenaba La Consagración de la Primavera y Wassily Kandinsky formulaba las teorías del arte abstracto, pero en el ambiente de una familia que no tenía relación alguna con la arquitectura, aunque el padre, Joaquín Fisac, farmacéutico y propietario de una prestigiosa botica mostrase aficiones artísticas en su pasión por la fotografía. Sorprendentemente Miguel, el menor de los tres hermanos, demostró desde pequeño una gran afición por el dibujo y la pintura, a pesar de no tener ninguna facilidad innata y sí en cambio gran soltura con las matemáticas o con la historia natural y todo lo relacionado con los animales. Después de concluir el Bachillerato Universitario en el Instituto Nacional de Badajoz se trasladó con diecisiete años a Madrid para estudiar Arquitectura, y ello contra el escepticismo de un padre que al que no cuadraba un hijo arquitecto y de las reticencias de su primer profesor,  Antonio Flórez, al que molestaba el trazo duro y directo de su pupilo.

 

Pero esos primeros escollos no hicieron mella en un joven tan decidido a ser arquitecto que dibujaba de forma incansable con tal de conseguirlo, y que insistía en interpretar todo el repertorio de la estatuaria clásica en aquel aula del piso diez del recién inaugurado Palacio de la Prensa donde se ubicaba la academia de D. Enrique López Izquierdo. A un lado de este edificio, en la calle Miguel Moya, 4 se hallaba la pensión Sari en la que Miguel Fisac hizo sus primeras amistades con un grupo de ingenieros de caminos, hasta que se cambió a otra en la calle Arenal 2, cuyo balcón frente a la Puerta del Sol le permitió asistir en pleno 14 de abril de 1931 a la declaración de la Segunda República por don Niceto Alcalá Zamora. Esa vida de estudiante preparatorio se alternaba con frecuentes visitas al Museo del Prado y con el disfrute de los aires serranos de Guadarrama, cuyos hitos del Ventorrillo, Navacerrada o la Maliciosa, eran lugares frecuentados por el grupo de amigos que se integraban en la sociedad “Ingar” para esquiar o perderse en los refugios de montaña durante varios días. Finalmente tanto esfuerzo e insistencia en el dibujo tuvo su recompensa y en junio de 1932 consiguió aprobar el ejercicio de estatua en la Escuela de Arquitectura que entonces se emplazaba en el edificio del actual Instituto de san Isidro, en la calle de los Estudios, lo que le permitió iniciar en ese año su carrera de arquitecto.

 

© Vicente Patón-Alberto Tellería
© Fundación Fisac