Fundación Fisac | Los años epidérmicos (1969-1984)
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Los años epidérmicos (1969-1984)

En 1969, Miguel Fisac plasma sus ideas sobre el tamaño y la forma de la ciudad en un libro al que denominará “La molécula Urbana”, en el que recoge todas sus reflexiones sobre urbanismo durante veinte años de profesión. En el mismo año la revista “Nueva Forma” le dedica dos números especiales -39 y 41- que recogen toda sus proyectos hasta ese momento, con unos comentarios críticos de su director Juan Daniel Fullaondo, que son un documento fundamental para interpretar el alcance y significado de la obra de Fisac en su momento cumbre. Pero es también el momento en que el arquitecto materializa otra de sus preocupaciones recurrentes como es la de las envolventes de una arquitectura que ya está decidida por el uso del hormigón armado, pero que sigue buscando su propia naturaleza, el modo de alcanzar la expresión auténtica del material. En las cubiertas ya estaba conseguido mediante un moldeo funcional y tectónico del hormigón que daba lugar a los “huesos” como solución integral en un sólo material de todos los problemas constructivos y expresivos, pero en las fachadas el hormigón seguía siendo deudor del encofrado de madera, el material más versátil, junto a la escayola, que se había empleado hasta el momento para adaptarse a las formas de un cerramiento más o menos elaborado. Y si la madera daba lugar a una textura leñosa, agradablemente asimilable al cálido mundo de la carpintería, no por ello dejaba de ser un recurso impostor.

 

Esa duda llevó a Fisac a probar con una técnica que delatase la cualidad del hormigón como material vertido, más parecido a una colada volcánica que a un fósil sedimentario, y con su habitual desparpajo para calzarse las botas de obra, improvisó con sus ayudantes un encofrado de alambre y una fina lámina flexible de polietileno, de forma que quedase marcada en el fraguado la “huella genética” de un elemento blando, pastoso y sin textura propia como es el hormigón. Es quizá el último gran hallazgo de este inventor nato, y define la seña de identidad de todas sus obras a partir de ese momento. El primer ejemplo construido es de 1970 y consiste en la clínica Mupag, edificio con unas fachadas complejas volumétricamente y completamente revestidas con ese hormigón de acabado brillante y acolchado que sigue sorprendiendo a los viandantes de ese barrio de Madrid. El siguiente proyecto, de 1971, fue para levantar su propio estudio, que trasladó junto a su casa, desde la calle Villanueva al Cerro del Aire, y en él utilizó tanto sus diversos sistemas de vigas postesadas, como los encofrados flexibles empleados para hacer muros “in situ”, en lugar de placas prefabricadas como las de la clínica Mupag. El propio Fisac cuenta que utilizó esta obra como campo de ensayos constructivos para otras obras posteriores. El hotel Tres Islas, en Fuerteventura, de 1973, una casa de lujo en la Moraleja, de 1973 -o el edificio de la Editorial Dólar, en Madrid, de 1974, en el que los encofrados son bolsas verticales irregularmente seccionadas- van mostrando esa arquitectura “acolchada” en la que hasta los huecos y aristas se redondean, tomando los edificios un aspecto capsular e industrial y contrapuesto a la aleatoriedad brutalista de la textura epitelial.

 

En estos años los proyectos se van distanciando, quedándose sobre el papel el interesante Centro de Estudios Hidrográficos del Pirineo Oriental, de 1977, y aunque en 1978 construya un gran edificio de viviendas en Daimiel con el mismo sistema de fachadas acolchadas en vertical, se ve obligado a cerrar su estudio, y los grandes encargos dejan paso a otro tipo de obras como la de su propia casa en Almagro, que realiza rehabilitando un viejo molino de aceite con esa especial habilidad suya para integrar con total naturalidad dos universos expresivos dispares: el sincretismo encalado de la casilla manchega con la moderna experiencia de los encofrados flexibles. Otra actividad que llena el tiempo del que de repente dispone el arquitecto es la reactivación de su labor pictórica, ahora con técnicas de tierras y látex, más complejas que el dibujo o la acuarela. En la misma ciudad de Almagro restaura de modo ejemplar en 1980 la torre de Santo Domingo, y en el mismo año levanta en el Cementerio de Burgos el mausoleo para el doctor Rodríguez de la Fuente. Tres años después vuelve a construir otra iglesia en Madrid, junto con el complejo parroquial de Nuestra Señora de Altamira, donde ensaya una disposición litúrgica del espacio completamente diferente al distribuir la nave de forma homogénea y focalizar la luz de forma cenital sobre la asamblea de los fieles en lugar de dirigirla hacia el altar. La arquitectura se hace más híbrida pues se mezclan los paneles de encofrado flexible en dibujo geométrico, con las vigas vistas de acero y los aleros de hormigón. En cambio, en 1984, recibe el encargo de rehacer la iglesia de Pumarejo de Tera, en Zamora, y vuelve al modelo de la iglesia de Vitoria, con luz lateral sobre el altar, pero en una versión de mampuesto de piedra de gran sencillez para que el propio pueblo pueda levantar el edificio como una labor colectiva.

© Vicente Patón-Alberto Tellería
© Fundación Fisac